Por José Ruiz Mercado
Los libros. Lo poco que nos queda. De lo que poco se habla, menos se escribe, pero es toda una paleta de color, de vida y plenitud. Los libros ¿Cuántos tenemos de dicho tema?
Los libros nos han hecho vibrar. Otros nos permiten abrir por lo menos un postigo, de esos, de los poco existentes ya en estos días. Un postigo de la remembranza castellana.
La iluminación, esa vida tan cercana al énfasis de la dramaticidad. La teatralidad de lo visto. El trabajo de la paleta de colores, la acuarela fantástica, la materia pendiente.
La música, tanto como la iluminación escénica, son dos materias poco estudiadas, por lo tanto, alejadas del cuerpo bibliográfico. Los acervos poco vistos, o incluso pareciera estar ajenos a su análisis.
Luego me viene a la mente el capítulo del libro de Fernando Wagner acerca de la iluminación (pero sólo un capítulo) en todo el cuerpo del libro de Editores Mexicanos.
Luego me viene la pregunta ¿Cuán mucho le debemos al teatro? ¿Cuándo le pagaremos a la escena todo lo olvidado por las aulas universitarias? ¿Cuánto le adeudamos a la distancia de los Siglos?
Iluminar es una poesía. Un canto a la eternidad. Una escultura en movimiento. Iluminar es escribir un poema y regodearte en la plenitud del espacio para luego hacer la atemporalidad.
Es posible que por eso pocos tengan el privilegio de adentrarse en las entrañas del color, de las sombras ajenas, de las sombras apenas. Pocos.
Miguel Ángel Quintero, quien sostuvo un programa de radio por Internet durante más de dos años (Santa Cecilia Radio) es este personaje del pincel lumínico.
Pero no es sólo la poeticidad del hecho; es el conocimiento que lo sostiene, la calidad de la percepción. Entender la escena no es simplemente darle una textura al hecho; es darle una lectura al acontecimiento.
Para realizar la iluminación es necesario entender la variedad del conocimiento, es entrar a las entrañas de ese mundo cognoscitivo, el universo para recrearlo en las escalas de la percepción.
Comprender de estilos, de antropología, sociología, para adentrarse en el universo de la obra (danza, teatro, música), porque cada una tiene un discurso que decir.
La iluminación genera una lectura visual. Un camino trazado por el director, el músico y el iluminador. Un discurso al cual se une la lectura de otra dramaturgia posible.
Miguel Ángel Quintero ha dado ese discurso escénico. Ese discurso de luz, color y sombra. Ya decía, el manejo de una paleta de color a partir de la acuarela fantástica.
La poeticidad del hecho radica en este comprender lo dramático, la genialidad del músico, la versatilidad del texto, la delicadeza del maquillaje, el movimiento perfectísimo del actor.
La calidez de la luz, la frialdad de la luz. El movimiento de la óptica. Ese ojo observador de un discurso especializado pero que al final el espectador desconoce el cómo, el por qué, el de donde viene, porque la escena es una en un trabajo de conjunto. Y Miguel Ángel Quintero lo sabe.
Los libros nos han hecho vibrar. Otros nos permiten abrir por lo menos un postigo, de esos, de los poco existentes ya en estos días. Un postigo de la remembranza castellana.
La iluminación, esa vida tan cercana al énfasis de la dramaticidad. La teatralidad de lo visto. El trabajo de la paleta de colores, la acuarela fantástica, la materia pendiente.
La música, tanto como la iluminación escénica, son dos materias poco estudiadas, por lo tanto, alejadas del cuerpo bibliográfico. Los acervos poco vistos, o incluso pareciera estar ajenos a su análisis.
Luego me viene a la mente el capítulo del libro de Fernando Wagner acerca de la iluminación (pero sólo un capítulo) en todo el cuerpo del libro de Editores Mexicanos.
Luego me viene la pregunta ¿Cuán mucho le debemos al teatro? ¿Cuándo le pagaremos a la escena todo lo olvidado por las aulas universitarias? ¿Cuánto le adeudamos a la distancia de los Siglos?
Iluminar es una poesía. Un canto a la eternidad. Una escultura en movimiento. Iluminar es escribir un poema y regodearte en la plenitud del espacio para luego hacer la atemporalidad.
Es posible que por eso pocos tengan el privilegio de adentrarse en las entrañas del color, de las sombras ajenas, de las sombras apenas. Pocos.
Miguel Ángel Quintero, quien sostuvo un programa de radio por Internet durante más de dos años (Santa Cecilia Radio) es este personaje del pincel lumínico.
Pero no es sólo la poeticidad del hecho; es el conocimiento que lo sostiene, la calidad de la percepción. Entender la escena no es simplemente darle una textura al hecho; es darle una lectura al acontecimiento.
Para realizar la iluminación es necesario entender la variedad del conocimiento, es entrar a las entrañas de ese mundo cognoscitivo, el universo para recrearlo en las escalas de la percepción.
Comprender de estilos, de antropología, sociología, para adentrarse en el universo de la obra (danza, teatro, música), porque cada una tiene un discurso que decir.
La iluminación genera una lectura visual. Un camino trazado por el director, el músico y el iluminador. Un discurso al cual se une la lectura de otra dramaturgia posible.
Miguel Ángel Quintero ha dado ese discurso escénico. Ese discurso de luz, color y sombra. Ya decía, el manejo de una paleta de color a partir de la acuarela fantástica.
La poeticidad del hecho radica en este comprender lo dramático, la genialidad del músico, la versatilidad del texto, la delicadeza del maquillaje, el movimiento perfectísimo del actor.
La calidez de la luz, la frialdad de la luz. El movimiento de la óptica. Ese ojo observador de un discurso especializado pero que al final el espectador desconoce el cómo, el por qué, el de donde viene, porque la escena es una en un trabajo de conjunto. Y Miguel Ángel Quintero lo sabe.
Dramaturgo, escritor, director, actor y docente.
Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Autor de numerosos libros de poesía, teatro, narrativa y ensayo.

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