Por José Ruiz Mercado
Cuántas cosas, cuántos caminos, cuántas diferencias y similitudes para llegar al corazón del hecho escénico. De esa comunión actor espectador, directa, sin intermediarios. El público acelera el ritmo cardíaco del actuante y éste a su vez proclama el aplauso con un lenguaje entendible para ambos.
Entonces requerimos de un público sensible. No cualquier público, sino aquel que produce la socialización. Claro, eso jamás escuché en la escuela. La exaltación al arte; por el simple hecho de estudiar ya éramos los superhéroes. Pero el engaño era mayor, no habíamos estudiado teatro sino actuación, así, listos para un director dictador, y ésta manera de hacerlo, también es un estilo. Dogmático, pero estilo, al fin de cuentas. Se habló de los universales, de lo inamovible. Se dijo de Europa, se habló una y mil veces de la obra bien hecha. La historia y la sociedad estaban fuera del parámetro. Las reglas de actuación, como un látigo. Entonces comprendí, en parte, el por qué dije en algún momento, chida la obra.
Cuando un estudiante modelo se ve ante éste y otros dilemas el mundo se le viene encima. Más de una ocasión escuché, ya no sé dónde, de Rodolfo Usigli como el padre del teatro mexicano. También escuché de Hidalgo como el padre de la patria. Pero nadie me supo decir porque.
Me hablaron de Seki Sano como maestro de generaciones. Su técnica de actuación. Sus aportaciones en el terreno autoral. Incluso se dijo de varios directores, quienes habían recibido sus enseñanzas. Ernesto Pruneda fue uno de ellos. Al tiempo supe de un momento cumbre del teatro en la UNAM. Seki Sano había estado ahí.
Todo parecía como el escenario de los dioses del Olimpo: Rodolfo Usigli, Seki Sano y Fernando Wagner, de alguna forma, los iniciadores de un movimiento clave para el teatro nacional. Sin embargo todo parecía un hecho aislado. Algo faltaba.
México, pareciera un lugar común, es un país del momento. Su gusto festivo es una representación de lo oculto. De esa simbiosis cultural, la cual intenta disimular en un eurocentrismo falso, oculto, religioso. Dependiente del país del norte.
Oculto, en un idealismo, magnifica el trabajo artístico ensalzando al copista. Ésta ha sido la tónica educativa en la enseñanza del arte. No es lo mismo enseñar para el arte, que enseñar por el arte. En lo primero, por un lado, el idealismo teórico, por el otro, la ausencia de la historia, la sociología, la psicología. El teatro, al ser una presentación viva (su público está ahí, reacciona, se muestra en el aplauso, en la risa o el murmullo)
El conflicto se magnifica. La ausencia de público en las salas. Los gustos (tanto por el montaje de ciertas obras como por el público que las consume) ¿Qué tanto sabemos de nuestro público si está vedado el estudio socio-histórico en nuestras aulas?
José Ruiz Mercado
Dramaturgo, escritor, director, actor y docente.
Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Autor de numerosos libros de poesía, teatro, narrativa y ensayo.
Cuántas cosas, cuántos caminos, cuántas diferencias y similitudes para llegar al corazón del hecho escénico. De esa comunión actor espectador, directa, sin intermediarios. El público acelera el ritmo cardíaco del actuante y éste a su vez proclama el aplauso con un lenguaje entendible para ambos.
Entonces requerimos de un público sensible. No cualquier público, sino aquel que produce la socialización. Claro, eso jamás escuché en la escuela. La exaltación al arte; por el simple hecho de estudiar ya éramos los superhéroes. Pero el engaño era mayor, no habíamos estudiado teatro sino actuación, así, listos para un director dictador, y ésta manera de hacerlo, también es un estilo. Dogmático, pero estilo, al fin de cuentas. Se habló de los universales, de lo inamovible. Se dijo de Europa, se habló una y mil veces de la obra bien hecha. La historia y la sociedad estaban fuera del parámetro. Las reglas de actuación, como un látigo. Entonces comprendí, en parte, el por qué dije en algún momento, chida la obra.
Cuando un estudiante modelo se ve ante éste y otros dilemas el mundo se le viene encima. Más de una ocasión escuché, ya no sé dónde, de Rodolfo Usigli como el padre del teatro mexicano. También escuché de Hidalgo como el padre de la patria. Pero nadie me supo decir porque.
Me hablaron de Seki Sano como maestro de generaciones. Su técnica de actuación. Sus aportaciones en el terreno autoral. Incluso se dijo de varios directores, quienes habían recibido sus enseñanzas. Ernesto Pruneda fue uno de ellos. Al tiempo supe de un momento cumbre del teatro en la UNAM. Seki Sano había estado ahí.
Todo parecía como el escenario de los dioses del Olimpo: Rodolfo Usigli, Seki Sano y Fernando Wagner, de alguna forma, los iniciadores de un movimiento clave para el teatro nacional. Sin embargo todo parecía un hecho aislado. Algo faltaba.
México, pareciera un lugar común, es un país del momento. Su gusto festivo es una representación de lo oculto. De esa simbiosis cultural, la cual intenta disimular en un eurocentrismo falso, oculto, religioso. Dependiente del país del norte.
Oculto, en un idealismo, magnifica el trabajo artístico ensalzando al copista. Ésta ha sido la tónica educativa en la enseñanza del arte. No es lo mismo enseñar para el arte, que enseñar por el arte. En lo primero, por un lado, el idealismo teórico, por el otro, la ausencia de la historia, la sociología, la psicología. El teatro, al ser una presentación viva (su público está ahí, reacciona, se muestra en el aplauso, en la risa o el murmullo)
El conflicto se magnifica. La ausencia de público en las salas. Los gustos (tanto por el montaje de ciertas obras como por el público que las consume) ¿Qué tanto sabemos de nuestro público si está vedado el estudio socio-histórico en nuestras aulas?
José Ruiz MercadoDramaturgo, escritor, director, actor y docente.
Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Autor de numerosos libros de poesía, teatro, narrativa y ensayo.
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